Motor de la historia Freno del tiempo Tú Bomba
Juguete del universo Lo más gran de aquello arrebatado al cielo No puedo odiarte
¿Odia el travieso rayo la mandíbula de un asno?
El abollado palo de un millón a.C. la maza la vara el hacha?
La catapulta Da Vinci el tomahawk de Cochise el pistolón de Kidd el puñal de Rathbone?
Ah y la triste y desesperada pistola de Verlaine Puskin Dillinger Bogart?
¿Y no tiene San Miguel una espada ardiente San Jorge una lanza David una honda?
Bomba eres tan cruel como el hombre que te hace y no eres más cruel que el cáncer
Todos los hombres te odian ellos preferirían más morir de un accidente de coche de un rayo ahogados
Cayendo desdes una azotea la silla eléctrica un ataque de corazón vejez vejez Oh Bomba Preferirían más morir de cualquier cosa que no fueras tú
El dedo de la Muerte
trabaja por si mismo......(de GREGORY CORSO, Bomba)
sábado, 7 de febrero de 2009
generación beat+jack kerouac
generación beat+jack kerouac
Motor de la historia Freno del tiempo Tú Bomba
Juguete del universo Lo más gran de aquello arrebatado al cielo No puedo odiarte
¿Odia el travieso rayo la mandíbula de un asno?
El abollado palo de un millón a.C. la maza la vara el hacha?
La catapulta Da Vinci el tomahawk de Cochise el pistolón de Kidd el puñal de Rathbone?
Ah y la triste y desesperada pistola de Verlaine Puskin Dillinger Bogart?
¿Y no tiene San Miguel una espada ardiente San Jorge una lanza David una honda?
Bomba eres tan cruel como el hombre que te hace y no eres más cruel que el cáncer
Todos los hombres te odian ellos preferirían más morir de un accidente de coche de un rayo ahogados
Cayendo desdes una azotea la silla eléctrica un ataque de corazón vejez vejez Oh Bomba Preferirían más morir de cualquier cosa que no fueras tú
El dedo de la Muerte
trabaja por si mismo......(de GREGORY CORSO, Bomba)
generación beat+jack kerouac
Motor de la historia Freno del tiempo Tú Bomba
Juguete del universo Lo más gran de aquello arrebatado al cielo No puedo odiarte
¿Odia el travieso rayo la mandíbula de un asno?
El abollado palo de un millón a.C. la maza la vara el hacha?
La catapulta Da Vinci el tomahawk de Cochise el pistolón de Kidd el puñal de Rathbone?
Ah y la triste y desesperada pistola de Verlaine Puskin Dillinger Bogart?
¿Y no tiene San Miguel una espada ardiente San Jorge una lanza David una honda?
Bomba eres tan cruel como el hombre que te hace y no eres más cruel que el cáncer
Todos los hombres te odian ellos preferirían más morir de un accidente de coche de un rayo ahogados
Cayendo desdes una azotea la silla eléctrica un ataque de corazón vejez vejez Oh Bomba Preferirían más morir de cualquier cosa que no fueras tú
El dedo de la Muerte
trabaja por si mismo......(de GREGORY CORSO, Bomba)
aqui los que nos silbaban, rebeldes vagabundos
Eran los años sesenta, clandestinos y hambrientos de caminos, con los mapas de los horizontes desdoblados sobre los grises duros de lo perdido, inconscientes como siempre que la piel se muda como la luz, jóvenes con la ignorancia fresca y la pasión tatuada por la generosidad, nos llegaba todo o casi todo como restos de un naufragio y es que la orilla sobre la que dibujabamos el mundo a cada instante, era la trastienda de un cementerio que los mayores nos ocultaban con el empeño de que fuéramos hombres de provecho.
Y poemas y música y las muchachas, mas bien, la piel de sus vuelos, nos llenaban las manos del corazón de promesas, sueños, inventos, itinerarios, partidas y regresos sobre fronteras llenas de países a ambos lados, con sus fabulosas lenguas que hacíamos nuestras por ósmosis. Y en algún momento, sin un solo policía que nos identificara por el olor a rabia y a insoportable inseguridad que el propio poder nos provocaba.
Y ahí estaban todos estos, a retazos, a trozos, a cachos, con los cuales les inventabamos del tamaño de nuestras cosas: rebeldes, incansables nómadas, fervorosos ateos, generosos hasta compartir las calles, leyendo a gritos todas las canciones de loa Tierra.
aqui los que nos silbaban, rebeldes vagabundos
Eran los años sesenta, clandestinos y hambrientos de caminos, con los mapas de los horizontes desdoblados sobre los grises duros de lo perdido, inconscientes como siempre que la piel se muda como la luz, jóvenes con la ignorancia fresca y la pasión tatuada por la generosidad, nos llegaba todo o casi todo como restos de un naufragio y es que la orilla sobre la que dibujabamos el mundo a cada instante, era la trastienda de un cementerio que los mayores nos ocultaban con el empeño de que fuéramos hombres de provecho.
Y poemas y música y las muchachas, mas bien, la piel de sus vuelos, nos llenaban las manos del corazón de promesas, sueños, inventos, itinerarios, partidas y regresos sobre fronteras llenas de países a ambos lados, con sus fabulosas lenguas que hacíamos nuestras por ósmosis. Y en algún momento, sin un solo policía que nos identificara por el olor a rabia y a insoportable inseguridad que el propio poder nos provocaba.
Y ahí estaban todos estos, a retazos, a trozos, a cachos, con los cuales les inventabamos del tamaño de nuestras cosas: rebeldes, incansables nómadas, fervorosos ateos, generosos hasta compartir las calles, leyendo a gritos todas las canciones de loa Tierra.
aqui los que nos silbaban, rebeldes vagabundos
Eran los años sesenta, clandestinos y hambrientos de caminos, con los mapas de los horizontes desdoblados sobre los grises duros de lo perdido, inconscientes como siempre que la piel se muda como la luz, jóvenes con la ignorancia fresca y la pasión tatuada por la generosidad, nos llegaba todo o casi todo como restos de un naufragio y es que la orilla sobre la que dibujabamos el mundo a cada instante, era la trastienda de un cementerio que los mayores nos ocultaban con el empeño de que fuéramos hombres de provecho.
Y poemas y música y las muchachas, mas bien, la piel de sus vuelos, nos llenaban las manos del corazón de promesas, sueños, inventos, itinerarios, partidas y regresos sobre fronteras llenas de países a ambos lados, con sus fabulosas lenguas que hacíamos nuestras por ósmosis. Y en algún momento, sin un solo policía que nos identificara por el olor a rabia y a insoportable inseguridad que el propio poder nos provocaba.
Y ahí estaban todos estos, a retazos, a trozos, a cachos, con los cuales les inventabamos del tamaño de nuestras cosas: rebeldes, incansables nómadas, fervorosos ateos, generosos hasta compartir las calles, leyendo a gritos todas las canciones de loa Tierra.
viernes, 6 de febrero de 2009
jueves, 29 de enero de 2009
JOSE HIERRO: HACIENDO SOMBRA (entrenamiento para despues del combate)

A ORILLAS DEL EAST RIVER
I
En esta encrucijada,
flagelada por vientos de dos ríos
que despeinan la calle y la avenida,
pisoteada su negrura por gaviotas de luz,
descienden las palabras a mi mano,
picotean los granos de rocío,
buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.
Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,
continuasen llorando
-de pena, de felicidad, de desesperanza,
al fin, todo es lo mismo-,
porque yo las había llorado antes;
antes de que desembocasen en el papel blanquísimo,
en el papel deshabitado, que es el morir.
Dejarían en él los ecos asordados, empañados,
de lo que tuvo vida.
Alguien advertiría la humedad de las lágrimas,
lloraría por seres que jamás conoció,
que acaso no es posible que existieran
aunque estuvieron vivos
en el recuerdo o en la imaginación.
Lloraríamos todos por los desconocidos,
los -para mí -difuminados
en la magia del tiempo.
Contra las estructuras
de metal y de vidrio nocturno
rebotan las palabras aún sin forma,
consagradas en el torbellino helado,
y no me hacen llorar.
Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!
II
Yo ya no lloro,
excepto por aquello que algún día
me hizo llorar:
los aviones que proclamaban
que todo había terminado;
la estación amarilla diluida en la noche
en la que coincidían, tan sólo unos instantes,
el tren que partía hacia el norte
y el que partía hacia el oeste
y jamás volverían a encontrarse;
y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»;
y la malagueña canaria;
y la niña mendiga de Lisboa
que me pidió un «besiño».
Yo ya no lloro.
Ni siquiera cuando recuerdo
lo que aún me queda por llorar.
De "Cuaderno de Nueva York" 1998
